
Relato: "La Guerra del Silencio"
Sus dedos se endurecieron por el agarre áspero del yeso. La fluidez, erosionada por el paso del tiempo, se había gastado sin práctica. Pero no podía detenerse, como si su cuerpo ya no le perteneciera. Como si estuviera poseído por algo más profundo: la memoria, el dolor, o quizás la culpa.
La agonía recorría cada fibra de su cuerpo. Las teclas reproducían las palabras que su voz ya no era capaz de pronunciar. Sus ojos, desorbitados y desenfocados, estaban velados por un cabello tan desordenado como su mente. Su rostro se había transformado en puro cansancio, y sus manos temblaban como si estuvieran atrapadas en otra vida.
El instrumento afinado le era familiar. Lo conocía desde la infancia. Se había criado en un hogar donde superarse mutuamente era la norma, donde se creía que si no eras el mejor, no valías nada.
Durante la adolescencia, alcanzó la excelencia académica sin errores, obteniendo siempre los mejores resultados. Fue el número uno en deportes y, sin duda, el mejor intérprete de instrumentos. Y sin embargo, los rostros de sus padres siempre estaban cubiertos por la misma sombra de decepción.
Se esforzó por ganar su aceptación, por ver sus rostros iluminados de orgullo. Motivado por esa necesidad, cargó con el peso de ser el mejor. No por él. Por ellos.
Con el tiempo, a medida que se distanciaba de su familia, fue dejando atrás el piano. Lo dejó junto con los recuerdos que prefería no revivir.
Construyó una vida nueva, libre de toxicidad. Se casó. No volvió a contactar a su familia. Finalmente, estaba superando esa angustiante sensación de fracaso constante. Su vida, al fin, parecía perfecta. Pero él lo sabía: solo estaba huyendo.
Pasaron los años y era más feliz que nunca. Una esposa amorosa, una casa cálida, un entorno saludable. Todo parecía estable... hasta que dejó de serlo.
Una mañana, de forma inesperada, recibió una llamada. Confundido, respondió:
—¿Hola? ¿Con quién hablo?
Al otro lado de la línea, una voz evocó un pasado que había intentado olvidar. Una voz suave y dulce.
—¿Cariño? ¿Estás ahí?
Colgó. No sabía por qué. Pasó una semana y casi había olvidado la llamada. Pensó que sería una coincidencia. No podía ser ella. No debía ser ella.
A partir de ese momento, todo comenzó a desmoronarse. Su coche se averió, discutía constantemente con su esposa, y hasta perdió su trabajo. Era como si todo lo que había construido se esfumara frente a sus ojos.
Entonces, sonó su teléfono.
No respondió. Estaba cansado, frustrado, al borde del colapso. Pensó que si contestaba, perdería la paciencia. Pero el teléfono siguió sonando durante horas.
Finalmente, contestó, exasperado:
—¿¡QUÉ QUIERES!?
Silencio.
—¡¿HOLA?!
—¿Cariño? ¿Estás ahí?
—¿Qué quieres, madre?
Su voz se volvió tan fría como su mirada.
—Te dije que no me contactaras. ¿Cómo me encontraste?
—Tengo mis métodos —dijo ella con tono alegre—. ¿Por qué no vienes a casa, cariño?
—Escúchame bien, madre. Me fui de esa casa por una razón. Preferiría que me dispararan diez veces y sufrir eternamente antes que volver a vivir contigo.
Silencio.
—Recuerda cada palabra que acabas de decir —respondió, ya sin dulzura. Su voz amorosa desapareció, reemplazada por una calma aterradora. Luego colgó.
Los días siguientes fueron aterradores. Sabía de lo que era capaz su familia. Dormía con un ojo abierto, vigilante. Mantuvo a su esposa a salvo. Pasaron las semanas.
Llegó el cumpleaños de ella. Lo convenció de salir a celebrarlo con amigos en un restaurante del centro. Por un momento, se relajó. La luz de las velas se reflejaba en la sonrisa de su esposa, y por primera vez en semanas, el peso en su pecho se volvió más ligero.
Tal vez, solo tal vez, lo peor ya había pasado.
Hasta que llegó la camarera.
Demasiado educada. Sus ojos se detuvieron demasiado tiempo, y sus palabras destilaban una cortesía inquietante.
—Cortesía de la casa —dijo, colocando una copa de vino frente a su esposa—. Un regalo para la cumpleañera.
Se le heló la sangre. Se levantó de golpe, tirando la silla.
—¡No bebas eso!
Todos se volvieron a mirarlo, confundidos. La sonrisa de su esposa desapareció.
—¿Qué te pasa?
Agarró la copa y la lanzó al otro lado del restaurante. El estruendo resonó. Silencio. Luego, caos.
El personal corrió. Los clientes susurraban. Su esposa lo miró como si hubiera perdido la razón. Y quizás, en parte, así era. Pero en el fondo, él lo sabía.
Se fueron temprano. En el auto, ella no dijo una palabra. Al llegar a casa, se encerró en el dormitorio. Él se sentó en la sala, a oscuras, con el teléfono en la mano. Esperando.
Sonó a las 2:14 a. m. No contestó.
Volvió a sonar a las 2:16. Y a las 2:18. Y a las 2:20.
Finalmente, respondió.
—Te lo advertí —siseó la voz. Ya no sonaba molesta. Sonaba tranquila. Demasiado tranquila.
—¿Qué quieres de mí?
—Quiero todo lo que construiste cuando creías que me había ido.
La llamada se cortó.
Corrió a la habitación. Vacía.
La ventana, abierta.
Sobre la almohada, una nota escrita con lápiz labial:
"Siempre fuiste la decepción."
Se tambaleó hacia atrás, sin aliento. El mundo le daba vueltas. Pero entonces lo vio.
En el banco del piano —el viejo piano polvoriento que no había tocado en años— reposaba una solitaria rosa roja. La misma que su madre solía dejar en su puerta cuando era niño, cada vez que fallaba.
El mensaje era claro.
No había escapado. Nunca lo haría.
Pero esta vez, no huiría.
Se sentó al piano. Hizo crujir los nudillos y empezó a tocar.
No para ella.
No para ellos.
Sino para la guerra.
